viernes, 30 de diciembre de 2016

Por amor al arte: el placer introvertido de entregarse a tareas solitarias.

Ilustración: Koren Shadmi


Sensibilidad a la recompensa.

La excesiva sensibilidad a la recompensa es peligrosa. Puede llevarnos a asumir riesgos demasiado grandes o a adoptar actitudes imprudentes haciendo caso omiso de las señales de advertencia. Puede nublar el juicio incluso a las personas más inteligentes.

Los extrovertidos son expertos en no dejar pasar ninguna oportunidad que se les presente, en tanto que los introvertidos tendemos a prestar atención a las señales de peligro y somos más propensos a moderar nuestros deseos y pasiones. Nos protegemos mejor frente a las adversidades; somos muy disciplinados y procuramos no desviarnos de nuestros planes.

Algunos investigadores han planteado una teoría según la cual la sensibilidad a la recompensa podría ser la piedra angular de la extraversión y justificaría su inagotable búsqueda de retribución, ya sea en forma de posición social, ya sea en la satisfacción a través del sexo o el dinero. Los extrovertidos serían más ambiciosos en lo económico, lo político y en todo lo referente al  estilo de vida, aficiones, etc. Para obtener todo ello necesitan grandes dosis de actividad social.

Los extrovertidos tienden a experimentar más placer y entusiasmo que los introvertidos. El entusiasmo nace ante la expectativa de conseguir un objetivo, y el placer una vez se ha logrado. La respuesta de los introvertidos es más modesta, por lo que no se desviven tanto a fin de obtener una recompensa.

Todo el mundo da por sentado que es bueno acentuar las emociones positivas, cuando no necesariamente es así: la negación de las señales de alerta puede ayudar a explicar por qué se da el hecho de que los extrovertidos sean más propensos a morir en accidentes de circulación, hacerse lesiones, fumar, involucrarse en relaciones sexuales de riesgo, practicar deportes extremos, tener aventuras amorosas y casarse más de una vez a lo largo de su vida.

Se suele confundir a las personas introvertidas con individuos melancólicos, indecisos, pasivos y pesimistas, y por esta errónea interpretación de su naturaleza prudente y reflexiva, con demasiada frecuencia se nos ningunea y aparta de los roles de liderazgo.

Cierta línea de investigación liderada por Joseph Newman, psicólogo de la Universidad de Wisconsin, trata de determinar qué es lo que lleva a algunas personas a actuar como si para ellas no existiera el miedo, la incertidumbre y la duda. Su cerebro parece estar programado para centrarse en los objetivos a seguir y apartar todo lo que se interponga en su camino, para lo que se ven impulsados a aumentar la velocidad. 

En el lado opuesto, se encuentran los que tienen el cerebro programado para aumentar la vigilancia cuando se apasionan con algo, dicho de otra forma, a enfrentar sus expectativas con la realidad y a tomar en serio las señales de alarma.

No se trata de restar mérito a la gente arrojada o a quienes han progresado gracias a su fe en si mismos, sino de no sobrevalorar la vehemencia ni ignorar la existencia de riesgos y condiciones desfavorables. Necesitamos encontrar un punto de equilibrio entre la acción y la reflexión.

Plenitud en el trabajo solitario

En contraste con la sensibilidad a la recompensa, existe otro modo de enfocar el esfuerzo que algunos denominan fluir. Se trata de una situación en el que el individuo se siente totalmente integrado en una actividad y, por lo tanto, no experimenta aburrimiento o angustia, ni se para a poner en duda su idoneidad. Las horas pasan sin uno darse cuenta.

El secreto del fluir radica en la dedicación a una actividad por la actividad misma, y no por el resultado que pueda producir. Y lo cierto es que, aunque tal cosa no dependa de ser introvertido o extrovertido, la mayoría de las veces se trata de tareas solitarias que nada tienen que ver con la búsqueda de una recompensa: leer, cuidar un huerto, nadar, tocar un instrumento, etc. El fluir se da a menudo en condiciones en las que nos aislamos del entorno social.

Este tipo de esfuerzo no tienen nada que ver con buscar o escapar de algo, sino con algo más profundo: la plenitud que trae aparejada el hecho de enfrascarse en una actividad fuera de nuestro propio ser. En el fluir, una persona puede trabajar de sol a sol un día tras otro sin más motivo que el de seguir trabajando.

Los introvertidos haríamos bien en hallar el fluir empleando nuestros dones. Poseemos el poder de la persistencia, tenacidad para solventar problemas complejos y lucidez para evitar los obstáculos que hacen tropezar a otros. Vivimos relativamente libres del deseo de recompensas materiales. Quizá el mayor reto que se nos presente sea el de sacar lo máximo de nuestras facultades. A veces estamos tan ocupados tratando de actuar como extrovertidos que no somos capaces de justipreciar nuestro talento, a la vez que nos sentimos infravalorados por nuestro entorno. Sin embargo, cuando centramos la atención en un proyecto que de veras nos interesa, nuestra energía no tiene límites.

Más nos vale, pues, mantenernos fieles a nuestra propia naturaleza: si nos gusta hacer las cosas de un modo lento pero constante, no dejemos que los demás nos contagien sus prisas; si nos sentimos atraídos por lo profundo, no prestemos atención a lo banal; si preferimos consagrarnos a una sola actividad cada vez, mantengámonos firmes. La relativa impasibilidad que demostramos ante la perspectiva de una recompensa nos confiere el poder incalculable de abrir nuestro propio camino: de nosotros depende dar un buen empleo a esa independencia. Huelga decir que no siempre será fácil.

Los introvertidos tenemos que confiar en nuestra valía y compartir nuestras ideas con tanta energía como nos sea posible. Las ideas pueden compartirse sin alzar la voz, comunicarse mediante la escritura, ser presentadas por un socio... El secreto está en mantenerse fiel al estilo propio de personalidad en lugar de dejarse arrastrar por la manera de hacer de la mayoría.


Fuente: "El poder de los introvertidos", de Susan Cain

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