viernes, 27 de enero de 2017

Introvertidos y extrovertidos: destinados a entendernos por el bien común.

Marc Chagall


"El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: de darse alguna reacción, ambas quedarán transformadas." 
CARL JUNG

Por ser introvertidos y extrovertidos polos opuestos, se da por hecho, erróneamente, que no son compatibles; y sin embargo, no es raro encontrarlos en prolíficas amistades, asociaciones, y, sobretodo, relaciones amorosas. Las parejas de esta naturaleza pueden ser complementarias y vivir en equilibrio y admiración mutua. No obstante, pueden darse problemas si ambos tiran en sentidos opuestos.

Quizás el malentendido más común y dañino en lo que respecta a los tipos de personalidad sea el de suponer que los introvertidos son antisociales y los extrovertidos son pro-sociales. En realidad, ninguna de estas creencias es correcta: unos y otros son sociables, aunque de un modo diferente. El grado de extraversión de cada uno influye en el número de amigos que tenemos, pero no en la calidad de dichas amistades.

Unos y otros tienen las mismas probabilidades de ser amables: no hay ninguna correlación especial entre este rasgo y la extraversión, y esto explica por qué a algunos extrovertidos les encanta el estímulo que supone el hecho de alternar pero no se llevan demasiado bien con aquellos a quienes tienen más cerca. Y también por qué algunos introvertidos colman de atenciones a sus familiares y amigos íntimos y no soportan las charlas banales.

A los extrovertidos les puede resultar difícil entender con qué desesperación necesitan recargarse los introvertidos después de un día ajetreado. No es fácil hacerse cargo de que la sobreestimulación social pueda resultar tan agotadora. Tampoco lo es para los introvertidos comprender lo doloroso que puede llegar a ser su silencio.

En parejas en las que el introvertido es el hombre, se suelen confundir los conflictos de personalidad con diferencias de género y casi siempre acabamos echando mano del principio popular de que "Marte necesita retirarse a su cueva y Venus prefiere relacionarse".

El problema de los introvertidos no está en la carencia de emociones, sino en cómo manifestarlas sin perder el dominio de nosotros mismos: o nos desbordan nuestros propios sentimientos, o actuamos con una serenidad implacable. Tendemos a evitar los enfrentamientos, en tanto que los extrovertidos, lejos de rehuirlos, tienen más predisposición a generarlos y alimentarlos. Se trata de enfoques diametralmente opuestos que están destinados a crear fricción. Los introvertidos se sienten atraídos por las personas a las que conocen en contextos amistosos, en tanto que los extrovertidos prefieren a aquellos que les plantean cualquier tipo de desafío.

En parejas mixtas puede ocurrir que, cuando uno modera el tono durante una riña, lo haga por que le parece respetuoso tratar de no enfurecerse, pero el otro piense que no quiere tomar parte activa en la discusión, o peor aún, que le importa un pepino.

En Rabia: la emoción incomprendida, Carol Tavris recoge el cuento de una cobra bengalí a la que gustaba morder a los aldeanos que pasaban por su lado. Un buen día, un sabio la convence de que lo que hace no está bien; ella le promete no volver a comportarse de ese modo, y así lo hace. Los niños de la aldea, en consecuencia, crecen sin tenerle miedo y comienzan a abusar de ella, y la serpiente, vapuleada y llena de sangre, se queja al sabio de adonde la ha llevado mantener su palabra. "Te dije que no mordieras a nadie", responde él, "pero no que no sisearas."

La mayoría de la gente está convencida de que exteriorizar la ira sirve de válvula de escape a las tensiones. La "hipótesis de la catarsis", según la cual la agresividad se va acumulando en el interior hasta que la soltamos para bien de nuestra salud, proviene de la Grecia antigua, fue reavivada por Freud y cobró no poca fuerza durante la década de los sesenta, cuando se recurrió a sacos de boxeo y al "grito primal" a fin de "dejar que salga todo". Sin embargo, se trata de un mito: hay veintenas de estudios que demuestran que el hecho de descargar la ira no la disipa, sino que la aumenta aún más.

Si eres introvertido, empieza a acostumbrarte al sonido de tu propio "siseo". Los introvertidos podemos mostrarnos demasiado prudentes a la hora de demostrar desacuerdo, y sin embargo, como la cobra pasiva del cuento, deberíamos tener cuidado de no fomentar el abuso sobre nosotros. Ni siquiera es preciso exaltarnos; con un sencillo "a mi no me parece bien", dicho con firmeza, será suficiente.

Observar las interacciones sociales, o bien participar en ellas, son actividades que imponen al cerebro unas exigencias muy diferentes. Para lo segundo es necesario poder hacer varias cosas a la vez: asimilar mucha información en poco tiempo sin perder la concentración ni colapsar por la tensión. Y esta es precisamente la clase de funcionamiento cerebral para la que suelen estar bien equipados los extrovertidos. Dicho de otro modo: si estos últimos son sociables es porque sus cerebros pueden manejar sin problema varios elementos que ocupen a la vez su atención; que es lo que exigen, por ejemplo, las conversaciones entabladas durante una cena con amigos.

Por lo tanto, en los casos en que los introvertidos asumen el punto de vista del observador, como ocurre cuando escriben una novela, no están mostrando falta de voluntad o de energía, sino haciendo lo que están preparados para hacer por su naturaleza.

Los extrovertidos deberían saber que los introvertidos agradecemos que nos ayuden de vez en cuando a salir del ostracismo, y los introvertidos, que su gracias a su talante aquellos podrán contar con alguien que les contagie su serenidad y con quien podrán conectar de forma más profunda que con su círculo de conocidos.



Fuente: "El poder de los introvertidos", de Susan Cain

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