domingo, 15 de enero de 2017

Cómo y cuándo actuar como un extrovertido sin morir en el intento.

Autor desconocido

Rasgos fijos y rasgos libres

Todos nos comportamos de manera distinta dependiendo de la situación en que nos encontremos, pero si pasamos demasiado tiempo expuestos a un entorno extraño para nosotros o en cualquier situación que comporte algún conflicto, podemos, sin exagerar un ápice, pagarlo con nuestra salud.

Por un lado, algunos expertos defienden que existen rasgos de personalidad que nos condicionan de un modo profundo, tienen una base fisiológica y permanecen relativamente estables a lo largo de nuestra existencia. En el otro lado existe grupo de psicólogos conocidos como situacionistas. Éstos defienden que las generalizaciones y adjetivos que empleamos para describirnos unos a otros (tímido, atrevido, responsable, amigable...) son artificiosos. Aseguran que no existe un yo esencial, sino sólo los distintos yoes que se dan en distintas situaciones.

Sabemos de la existencia de ciertos límites fisiológicos en cuanto a quienes somos y cómo actuamos; así que ¿deberíamos tratar de adaptar nuestro comportamiento en la medida de lo posible, o sería más conveniente ser fieles a nosotros mismos? ¿En qué punto se vuelve inviable -o extenuante- tratar de controlar nuestro comportamiento? Una respuesta satisfactoria a esta cuestión podríamos encontrarla en una teoría desarrollada por el profesor Brian Little.

Cabe preguntarse cómo consigue una persona reconocidamente introvertida hablar en público con semejante locuacidad. La respuesta está en su teoría del rasgo libre. Él cree en la existencia de unas cualidades fijas y otras variables, y así, aunque poseamos unos atributos innatos o adquiridos, podemos salirnos del guión al servicio de nuestros "proyectos personales fundamentales". Dicho de otro modo: los retraídos podemos actuar como extrovertidos por un objetivo que consideremos importante, por nuestros seres queridos o por cualquier otra cosa que apreciemos intensamente. El esfuerzo adicional que necesitamos para sobrepasar nuestros límites naturales quedará de esta manera justificado y recompensado, y no habremos dejado de ser fieles a nosotros mismos.

No obstante, ¿cuántos de nosotros somos capaces de salirnos tanto de nuestro papel? (Dejemos a un lado, por el momento, la pregunta de si queremos hacerlo). Sólo podemos dominar el modo como nos presentamos a los demás hasta un límite, debido, en parte, a un fenómeno denominado "acto fallido", por el cual, sin advertirlo, delatamos nuestro ser verdadero a través del lenguaje no verbal (apartando la mirada, por ejemplo).


Autosupervisión

El rasgo que los psicólogos llaman autosupervisión permite modificar el comportamiento en virtud de las exigencias sociales de una situación, tras buscar pistas que indiquen cómo actuar. Donde vamos, hacemos lo que vemos.

Algunas personas se meten tanto en el papel de extrovertidos que ya no les cuesta que les afluyan las ideas. de hecho, quienes llegan a dominar la autosupervisión no sólo destacan a la hora de producir el efecto y las emociones deseadas en una situación social dada, sino que experimentan una tensión menor al hacerlo. En cambio, quienes poseen una pericia mucho menor basan su comportamiento en su propia brújula interior. Poseen un repertorio menor de conductas y máscaras sociales y son menos sensibles ante pistas contextuales.

La autosupervisión puede parecer una práctica deshonesta, pero para el profesor Little es más bien un acto de modestia, pues supone que el individuo "se adapte a las normas de cada situación en lugar de modelar la realidad a puñetazos a fin de ajustarla a nuestras necesidades y preocupaciones". Tampoco se trata de hacer de maestro de ceremonias: podemos aplicar una variante más introvertida en la que no preocupe tanto ser el centro de atención como evitar dar pasos en falso en lo social.

Un truco psicológico para fingir seguridad podría ser prestar atención a nuestro lenguaje corporal cuando nos estamos sintiendo cómodos y reproducirlo cuando la situación lo requiera. Pero si pones tu actuación al servicio de un proyecto en el que no crees, si te dices a ti mismo que el camino al éxito consiste en ser quien no eres, eso no es autosupervisión, sino autonegación.


Identificar nuestros auténticos objetivos personales

Identificar nuestros proyectos personales fundamentales no siempre es tan fácil, y a los introvertidos nos puede resultar especialmente farragoso, pues llevamos tanto tiempo adaptándonos al modelo extrovertido, que a la hora de elegir una profesión o una vocación, automáticamente anulamos nuestras propias preferencias. Para dar con nuestro proyecto personal vital seguiremos estos tres pasos:


1) Preguntarnos qué nos encantaba hacer de niños. ¿Qué contestábamos cuando nos preguntaban sobre lo que queríamos ser de mayores? No importa tanto el oficio concreto sino la motivación subyacente. Si deseábamos ser bomberos, habrá que plantearse qué representaba para nosotros esta profesión. Quizá la oportunidad de rescatar a personas en apuros, o tal vez la valentía, o puede ser que nos atrajera, sin más, el placer de conducir un camión. Si queríamos dedicarnos a la danza, ¿era por el vestido, por los aplausos, o sólo por el deleite de dar vueltas como una peonza? Cabe la posibilidad de que en aquel tiempo supiésemos más de nosotros mismos que hoy.

2) Prestar atención a cuál es la clase de trabajo que tira de nosotros: puede aparecer en forma de voluntariado, de aficiones, o cualquier actividad de aquellas que haríamos incluso sin recibir un sueldo.

3) Fijarnos en las cosas que envidiamos. Es verdad que es de un sentimiento muy feo, pero también lo es que nos proporciona una valiosa información sobre nosotros mismos. Envidiamos sobretodo a quienes tienen lo que deseamos de verdad.


Rincones reconstituyentes

No obstante, puede ser que ni siquiera cuando cruzamos nuestros límites al servicio de un proyecto personal fundamental queramos apartarnos en exceso de nuestro verdadero ser, o durante demasiado tiempo. Aunque parezca una contradicción, el mejor modo de salirnos de nuestro papel consiste en ser tan fieles como podamos a nosotros mismos, y para ello, lo primero que hemos de hacer es crear tantos "rincones reconstituyentes" como nos sea posible en nuestra vida cotidiana.

"Rincón reconstituyente" es una expresión referida al lugar al que acudimos cuando queremos regresar a nuestro yo verdadero. Puede tratarse de un espacio físico, como un sendero paralelo a un río, o temporal, como períodos de tranquilidad entre actividades. Puede significar cancelar todos los planes sociales para el fin de semana antes de un evento importante, practicar yoga o meditación, u optar por el correo electrónico en lugar de acudir a un encuentro en persona.

Elegimos un rincón reconstituyente cuando cerramos la puerta de nuestro despacho (si tenemos la suerte de disponer de uno propio), y hasta es posible crear uno mientras participamos en una reunión, eligiendo con cuidado el lugar en que nos sentamos, o cuándo y cómo vamos a ofrecer nuestra aportación.

Encontrar esta clase de refugio no siempre es sencillo. Qué ocurre, por ejemplo, si queremos pasar la noche de los sábados arropados frente a la chimenea con un libro, pero nuestra pareja prefiere quedar con su círculo de amistades? ¿Y si tenemos la intención de retirarnos al oasis de nuestro despacho privado, pero la empresa en la que trabajamos dispone de unas dependencias de planta libre? Si pretendemos adoptar rasgos libres, necesitaremos la colaboración de amigos, familia y compañeros de trabajo.

Será necesario buscar un "acuerdo sobre rasgos libres": salirnos de nuestro papel durante una parte de nuestro tiempo... a cambio de poder ser nosotros mismos el resto del tiempo. En nuestro lugar de trabajo puede que no sea posible negociar, por lo que habrá que proceder de manera indirecta, presentando nuestras necesidades en forma de beneficios para la empresa a través de una mejora de nuestro rendimiento.

Sin embargo, la primera persona con la que deberíamos alcanzar un acuerdo sobre rasgos libres es con nosotros mismos. A la hora de encontrar pareja, conservar amistades o llevar a cabo nuestros proyectos, por poner algunos ejemplos, no nos va a quedar otro remedio que obligarnos a participar en la vida social, aunque sea sólo con la frecuencia que seamos capaces de sobrellevar. Una vez cubierto el cupo, nos habremos ganado el derecho a quedarnos en casa sin remordimientos.

Lo que ocurre cuando no hacemos este tipo de trato con nosotros mismos es que podemos sufrir las peores desventajas tanto de la introversión como de la la extraversión. De un lado, por cumplir con más compromisos sociales de los que podemos soportar y del otro, por tomar demasiado en serio y analizar hasta el infinito cada palabra y acontecimiento. Consecuencia no menos grave es que podemos sufrir de "confusión reputacional": hacernos célebres por nuestra vitalidad y sentirnos obligados a estar siempre a la altura, con el consiguiente agotamiento físico y mental.

El trabajo emocional que hacemos para dominar y modificar nuestras propias emociones se asocia con el estrés y con la angustia, así como con síntomas físicos como enfermedades cardiovasculares. Estar representando durante mucho tiempo un papel también puede aumentar la actividad del sistema nervioso autónomo, lo que, a su vez, puede afectar al sistema inmunológico. Las emociones negativas reprimidas tienden a escapar más tarde de manera inesperada. Quienes acostumbran a reprimir sus emociones negativas de manera regular al final obtienen el resultado contrario al pretendido: percibir el mundo con una negatividad perpetua.



Fuente: "El poder de los introvertidos", de Susan Cain

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