viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Los introvertidos, nacen o se hacen?

Imagen: Dos niñas leyendo, de Picasso.


Un estudio llevado a cabo por Jerome Kagan realizó un seguimiento a un grupo de niños desde casi recién nacidos hasta la adolescencia. Se les expuso a diversos estímulos, dando como resultado que un 20 por 100 de los bebés parecían alterarse de manera muy acusada. A este grupo Kagan los etiquetó como "hiperreactivos". Otro 40 por 100 se mostraban relajados y moderadamente activos; a este otro grupo lo denominó "hiporreactivos". El 40 por 100 restante mostraba un grado de excitabilidad intermedio. Tal y como Kagan había supuesto con anterioridad, los hiperreactivos evolucionaron hacia un carácter de tipo introvertido al llegar a la adolescencia.

Ser hiperreactivo significa ser más sensible al entorno que la media, no porque el sistema nervioso esté especializado en detectar amenazas, sino porque es más sensible a la percepción en todas sus formas. Esta particularidad ha sido denominada como "atención alarmada" y podría definirse como la asimilación masiva de información del exterior. Por este motivo las personas hiperreactivas necesitan mucho tiempo para meditar y valorar todas las opciones posibles antes de actuar, y tienden a refugiarse del exceso de estímulos concentrándose en tareas que despiertan su interés.

Esto supone al mismo tiempo un don y una condena. Un don porque las personas con alta sensibilidad están dotadas de una gran lucidez, agudeza sensorial y atención a los detalles; y una condena por que sufren de una emocionalidad compleja. 

Son muchos los genes que al ser combinados con la experiencia pueden decantar el peso hacia el lado introvertido de la balanza. La "Hipótesis de la orquídea" de David Dobbs afirma que mientras que unos niños son como dientes de león -capaces de prosperar en cualquier entorno-, otros se asemejan a las orquídeas: pueden marchitarse con facilidad, pero crecen sanas y extremadamente hermosas si se dan las condiciones adecuadas.

Por un lado, los niños-orquídea se sienten abrumados por las adversidades, pero por otro lado sacan más provecho del aprendizaje. Es decir: les influyen con la misma intensidad las experiencias negativas y las positivas. Así, la sensibilidad y la fortaleza son las dos caras de una misma moneda. El reverso luminoso de los niños hiperreactivos es su faceta solidaria, su forma de ser cariñosa y cooperativa. Son atentos y concienzudos y no admiten la crueldad y la injusticia.Los padres de los niños reactivos deberían sentirse afortunados, pues todo el empeño que pongan en su educación dará buenos frutos. No son criaturas vulnerables, sino maleables, tanto para bien como para mal.

Pero, ¿en qué medida permanece el temperamento innato en la edad adulta? ¿Puede distinguirse la parte innata de entre toda la impronta que dejan las experiencias vividas? ¿O puede haberse sustituido a fuerza de voluntad?Las investigaciones apuntan a que no puede eliminarse el temperamento innato por mucho que las experiencias nos condicionen durante la vida. Existe cierta elasticidad, cierto margen para la adaptación; pero, aunque el libre albedrío puede obrar maravillas, nunca lo hará más allá de nuestros límites genéticos.Uno puede aprender a manejar la timidez, a adoptar otra actitud con ayuda de la práctica continua, incluso se puede llegar a hacer de manera automática, como quien aprende a manejar un automóvil. Pero nunca un introvertido podrá transformarse en extrovertido, porque es biológicamente inviable.

Aún cuando seamos capaces de rozar los límites de nuestro temperamento, en realidad donde podemos dar lo mejor de nosotros mismos es actuando acorde a nuestra naturaleza. Piénsese en la eficacia que resulta de la virtud de ser observador, analítico, detallista y atemperado ante diversas circunstancias.

Y es que, como ya se ha explicado más arriba, el cerebro tiene mecanismos diferentes en introvertidos y extrovertidos. En los primeros, los canales de información están muy abiertos, por lo que la afluencia de estímulos es desbordante; y en los segundos, los canales están más cerrados, por lo que el sujeto tiene la percepción de que apenas ocurre nada y siente el impulso de salir a buscar acción. Hay que tener en cuenta, asimismo, que la hiperactivación interfiere con la capacidad de atención, afectando la memoria a largo plazo.

Una vez entendidas las distintas configuraciones cerebrales respecto al nivel de estimulación óptimo y tolerable, podemos empezar a buscar deliberadamente el entorno que más se adecue a nuestra naturaleza y empoderarnos para descartar ocupaciones que nos resulten agotadoras, recuperando así tiempo para otros proyectos más satisfactorios.

En cuanto a la capacidad de vencer el miedo, es mejor exponerse una y otra vez a la causa de nuestros temores en dosis prudentes, en lugar de lanzarse al vacío, pues tal temeridad está abocada a producir un pánico que reforzará en el cerebro los mecanismos de miedo y vergüenza. El temor es muy astuto, así que nunca debemos dejar de adiestrarnos. Y recordar que, en todo el mundo, hay apenas un puñado de personas capaces de superar por completo sus miedos, y todas están en el Tíbet.


Fuente: "El poder de los introvertidos", de Susan Cain

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