viernes, 18 de noviembre de 2016

¿Desde cuándo ser introvertido es considerado una debilidad?

Imagen: American Gothic, de Grant Wood
El desprestigio que sufre hoy en día la introversión tiene las mismas causas que muchos de los grandes males de la sociedad moderna: el traslado de la población rural a las ciudades, y, cómo no, el capitalismo. Y el mismo abanderado de siempre: los Estados Unidos y su inagotable "sueño americano".

En 1920 más de un tercio de la población norteamericana ya se concentraba en áreas urbanas. De trabajar y convivir con los mismos vecinos de siempre, pasaron a hacerlo rodeados de extraños. Causar una buena impresión a personas desconocidas se convirtió en un enorme desafío y se vieron abocados a la farragosa tarea de venderse a sí mismos.

Antes del nacimiento del ideal extrovertido, la valía de una persona se cimentaba en el carácter. Se entendía por carácter un conjunto de cualidades como la seriedad, disciplina, el honor, ser alguien respetable y de conducta intachable. El concepto de personalidad, aparecido en el siglo XVIII, tuvo su verdadera explosión a principios del siglo XX. Las guías de autoayuda apartaron la atención del cultivo de la integridad personal al maquillaje del encanto exterior. No es casualidad que en la década de los años veinte y treinta se empezara a idolatrar a las estrellas de cine de forma desmesurada.

Si antes de la metamorfosis eras comerciante y deseabas dar a conocer tu mercancía, bastaba con destacar las bondades del producto. Pero en aquella nueva época se trataba al consumidor como un personaje acomplejado y defectuoso preocupado por las apariencias, el cual sólo podía alcanzar el éxito comprando tal o cual artículo.

Quedó inaugurado un período de angustias personales del que quizá no lleguemos a recuperarnos jamás. En 1921 Carl Gustav Jung ya alertó de la precariedad en la que había caído la introversión. El atribuía a los introvertidos el cometido de ejercer como educadores y promotores de cultura, de ser los guardianes de la "vida interior que tanto necesita nuestra civilización".

De pronto los médicos y psicólogos empezaron a observar "desajustes de personalidad" en sujetos normales, particularmente niñas y niños tímidos, y vaticinaron que tal condición podría acarrear horribles consecuencias en el futuro como alcoholismo o suicidio.

El éxito social y financiero se asociaba al temperamento expansivo. El empleado modélico de mediados del siglo XX ya no era el individuo reflexivo y cerebral, sino el encantador y afable con alma de vendedor. La dinámica social competitiva y desenfrenada abonó el terreno para la aparición de la angustia existencial, y con ella, la salida al mercado de los primeros ansiolíticos.

En la actualidad la presión no ha remitido un ápice, al contrario: ya alcanza niveles inasumibles. Surgen coaches motivacionales de debajo de las piedras, entre los que pueden encontrarse vendedores de humo sin otra formación que un pasado de directivos en grandes multinacionales. El recogimiento y la melancolía sufren de peor prensa que nunca. Según algunas estadísticas, la cifra de los que se consideran tímidos ya supera el 50% de la población. La llamada fobia social (forma patológica de la timidez) afecta a 1 de cada 5 personas.

¿Quién no ha leído o, al menos, ha oído hablar del afamado libro escrito por Dale Carnegie y publicado en 1936, Cómo ganar amigos e influir en las personas? Yo lo leí allá por 2002, por recomendación de un "encantador" novio que tuve, fanático de la superación personal, seductor nato y encantador de serpientes profesional. Me encontré con un descarado ensayo acerca de cómo manipular a la gente, con amables maneras, para lograr tus intereses. Ni rastro de alabanzas a la fraternidad. Decir que no funcionó lo más mínimo conmigo, y un par de años más tarde mi ex hizo las maletas para volar libre; "eres demasiado insociable" me dijo al despedirse. Pues bien, este libro arrasó en su momento y aún sigue vigente, adornando los expositores de los aeropuertos y las listas de los libros más vendidos entre el público emprendedor.


Fuente:  "El poder de los introvertidos", de Susan Cain.

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